Los viernes en la noche,
los bogotanos podrán observar cómo un mar de almas parpadeantes
se toma las vías de la ciudad, motivadas por el instinto de libertad que sólo
la bicicleta les puede ofrecer. Su propósito consiste
en disfrutar lo grato de la rebeldía
y lo utópico de soñar un mundo mejor.
Si me acerco a preguntar qué
causas impulsan a estos apasionados por la bicicleta a pedalear en la noche
bogotana, quizás me confundan con un extraño que sólo quiere sacudir su
curiosidad, pero si opto por entrar con un sonrisa de oreja a oreja y con un
caballito de acero en mis manos, tal vez me vean como “uno más del parche” y me
cuenten en detalle el motivo real por el cual la plaza del Carulla de la calle
85 con Avenida Chile en Bogotá se llena cada viernes en la noche con bicicletas de estilos y colores sólo vistos en el planeta Marte.
Con la curiosidad ahogándome hasta el cuello
por preguntar lo que sucede, observo que las personas aglomeradas hablan
sobre la ruta que tomarán y dicen “esperemos que sea igual de interesante que
hace quinces días”. - Tal vez, si escucho en detalle y me acerque a ellos se
animen a contarme todo, después de todo siento como si el tiempo pasara veloz y
mi vida se fuera por la expectativa de saber lo que sucede al mí alrededor.
No obstante de reojo, veo que alguien se acerca a mí. Sin
aparentar asombro, observo que es una persona bastante
peculiar por su forma de vestir: pantalones ajustados, vestido de pies
a cabeza con un overol verde; con una barba larga hasta el cuello y con una
gorra de ciclista idénticas a aquellas
a las que usaba Lucho Herrera en sus épocas
de gloria al ganar La Vuelta
a España. Y con una amabilidad que supera inclusive a la de aquel artista
callejero de la Séptima al organizar sus eventos, me estrecha la mano y me
dice; “bienvenido hermano”. Notando su hospitalidad al saludar, dejo que su
confianza entre en juego con la mía, y entre chanzas e insultos
de amistad, noto que sus palabras dicen mucho de lo irreverente que es su vida,
como si esta fuera una película de ciencia ficción. El hablar con él, siento que sus palabras
me las trago enteras ya que el ambiente generado alrededor de la conversación
hace que no me sienta como un extraño; hablando de bicicletas y chicas buenas
pocos se aburren.
Recuerdo cuando Armando
me contó parte
de su vida. Siendo ciclista
de profesión gracias
al título que sus compañeros le otorgaron por mérito durante
muchos años debido a su adicción
a pedalear. Es un personaje notable entre la multitud por ser uno de los
promotores, aproximadamente por dos años, de los ciclo paseos por Bogotá bajo
el lema de ConcienBiciate; una asociación de amigos sin ánimo de lucro cuyo fin
busca que la ciudadanía adopte nuevas formas de movilidad sanas y amigables con
el medio ambiente.
Entre “carreta” y saludos a extraños como si fuésemos conocidos de
toda la vida, Armando me explica cómo funciona
el vínculo entre el hombre
y la bicicleta: “esta belleza
con dos ruedas es una parte más del alma, y como
el cuerpo, hay que mantenerla limpia y digna todo el tiempo”. Y es que para él la analogía
recae en un estilo de vida que ha perdurado
durante más de quince años.
Su pasión por las bicicletas empezó cuando era un bebé. Motivado por su padre y los golpes
de la vida, Armando aprendía
a amar el arte de pasear por el mundo sobre
dos ruedas y a vivir la vida como si ésta sólo fuese un sueño hecho de
bicicletas y “buena papa” por doquier. Su idea de llevar la bicicleta al mundo
urbano nació como una propuesta de movilidad que intenta resucitar en la ciudad el desarrollo sostenible del medio ambiente y así darle a la misma como dice él “un
respiro a lo Pachamama”.
Sin embargo, la Pachamama estaría agradecida sí esta rutina de
movilidad se realizara más seguido. Estudios realizados por la secretaria de
ambiente de Bogotá, la contaminación en Bogotá aumentó en un 11.1% debido al
tráfico de automóviles que se registran diariamente en las zonas con mayor
congestión tales como la Carrera Séptima, la Autopista Aur y la Calle 100. Actualmente: “En este sentido,
se ha deteriorado la calidad de aire que respiran los bogotanos y la ciudad
registra índices por encima de los recomendados por la Organización Mundial de
la Salud (OMS), que aconseja niveles de entre 20 y 25, mientras que Bogotá ha
registrado picos con varias veces esa cifra”1
A pesar de
eso, conociendo el problema de antemano, ConcienBiciate ha optado por tomarse estos lugares en las horas de la
noche, y con ligero toque de locura y responsabilidad, echan a andar por estas
calles, avenidas o barrios de Bogotá hasta que las piernas y el oxígeno les dé.
Todo esto con el propósito de disminuir socialmente los índices de contaminación que
registran estas zonas de la ciudad.
No obstante, resulta paradójico decir que la bicicleta sea el
instrumento revolucionario que está optando la ciudad en el auge del siglo XIX.
“Las vías de Bogotá son para transitarlas” dice Armando, y después de todo no suena estúpido pensar que son
para eso en "todo el sentido de la palabra". A pesar de los factores negativos
que tiene el uso constante de vehículos en la ciudad, el uso de éstos no ha
disminuido ni disminuirá. Para ello, los teóricos anarquistas predicen que el
caos de la movilidad llegará pronto en cada aspecto de hombre, no obstante, los
más optimistas opinan que el vehículo no solo será reinventado, sino que
vendrán viejos modelos de movilidad tales como el caballo, la carreta, y por
supuesto la bicicleta. Pero no dejemos que el panorama de hechiceros arruine el
paisaje de la ciudad. A pesar de que muchos
no lo acepten, es nuestro
caos vehicular; aquel que nosotros
hemos cultivado y visto
crecer como un niño revoltoso al cual debemos educar constantemente con
palmaditas en la boca, tal y como lo hacía la abuela en las épocas de antaño.
-Lo caótico está aquí entre nosotros, me respondo al ver la multitud mucho más grande
de lo normal, y con
entusiasmo, me propongo a participar de la fiesta que se avecina a
continuación.
Hablo con personas
de todo tipo y origen,
acá lo importante es darme
a conocer, aunque
noto que mi esfuerzo social se desvanece con la naturaleza del lugar.
Aquí nadie es un desconocido, no hay enemigos, ni mucho menos indiferentes;
sólo amigos que comparten una misma pasión con ideales de un sueño de libertad
que engrandece hasta al más pequeño de los entusiastas. Con euforia, y con la
mirada perdida entre la avalancha de bicicletas, compro una cerveza que
cariñosamente me comparte una chica que lleva una maleta mucho más grande
ella. Supongo que el ritual de tomar alcohol mientras pedaleamos hace parte de la rutina nocturna, por esta razón,
siento que ella conoce de antemano el papel del joven empedernido que acompaña y
anima la caravana de bicicletas, tal y como lo hace el dios Dionisio que alienta a sus guerreros a ganar la batalla a cambio de vino y mujeres por toda la eternidad.
De repente oigo una voz familiar diciendo “Somos una gran familia
sobre dos ruedas, que busca libertad y autonomía”. Es Don Armando
incitando a los asistentes al evento a alocarse,
buscando en ellos una respuesta
que adopte una filosofía de vida que cambie la movilidad en la ciudad y traiga consigo argumentos
para que la humanidad reorganice sus neuronas y piense en nuevas alternativas
de transporte.
Al oírlo, empecé a creer que la recuperación de miles de espacios
en Bogotá que parecían intocables debido al incremento de los automóviles era una realidad que contrasta con una noche la cual no podrá dormir gracias
a nosotros. Con entusiasmo me rio, enciendo
mi cámara y me preparo a
atestiguar como algo tan pequeño es capaz de generar una revolución.
De repente, como si fuera una orden del más notable de los personajes, arrancamos a pedalear por la calle 85 en dirección
hacia el Centro de la ciudad. Los peatones, unos atónitos y otros fuera de lugar, observan
por la acera como un cuerpo celeste
de luces rojas
y blancas va cubriendo la calle, acompañado con gritos de aliento que dicen
mucho y se entienden poco. Pero que trasmiten una sola cosa: felicidad.
“La gente cambia aquí su forma de ser, se convierten en las
personas que realmente son; alegres y libres
de la cotidianidad” dice Armando
con una cerveza en la mano y con un ímpetu
extrovertido que muy pocos reconocen en los rebeldes de corazón. ¿Pero los
rebeldes de corazón son todos
los aquí presentes? Le pregunto con cierta malicia,
al notar que la multitud reunida de desplaza con deleite
por la ciudad, saludando a quien se atreva a salir a la calle a ver lo que
sucede. Supongo que nadie se va del todo de la razón que los hace humanos, es
decir, mentir que somos distintos nos hace felices y únicos ante los ojos del
peatón, así tengamos las características de un ciudadano común y corriente, eso
sí, con la obvia diferencia de que el amor por la bicicleta es lo que nos
convierte en el bicho raro que todos quieren fotografiar con sus celulares.
Pero no estoy preocupado por parecer raro ya que mientras pedaleo llega a mi
cabeza lo que Armando, con soberbia en sus palabras, me contestó cuando encendí
la cámara para grabarlo; “pregúntales por ti mismo quienes son los aquí
presentes y veras que las apariencias engañan parce”. Después de todo, las
fotografías así lo atestiguan. Es como dice la frase: tienes que estar ahí para
poder contarlo.
Los
ciclo paseos han tomado fuerza
durante los últimos meses. No solamente Armando y su equipo con su proyecto de
ConcienBiciate ha revolucionado la utilización de la bicicleta en la ciudad;
miles de apasionados por las dos ruedas han seguido
sus pasos a lo largo y ancho
de las calles capitalinas. Grupos como Fontirueda y Ciclopaseos de los Miércoles han tomado aquella corriente del trotamundos urbano y cambiaron la percepción de la ciudad
indomable con el sentimiento de pedalear en pro del medio ambiente, bajo
con el prólogo de incentivar en las personas de la ciudad a salir del laberinto
laboral en el que se encuentran, y así revivir en ellos a través del aire nocturno de la
ciudad, el realismo mágico que agrega a la mezcla un toque de adrenalina a la vida.
Es aquí cuando dices que miles de cosas nuevas tendrás, pero las
aventuras que tú vivirás jamás las verás sólo si las conoces a través de la palabra. La labor del periodista es contar con lujo de detalle lo sucedido, lo acontecido y lo vivido.
Pero para mí resulta casi imposible
transcribir al papel las emociones que solo montar bicicleta en la noche te
puede proporcionar. Es contraproducente para mí hablar de emociones, y más si
éstas son compartidas por miles de personas. Por esta razón considero prudente
salir del libreto por unos instantes y recordar que transmitir algo, sin estar
presente, es el deber del escritor. Trato de explicar con palabras lo que
sucede en las horas de la noche, cuando nadie cree que algo extraordinario
pueda estar sucediendo: es un gozo único que ni el propio Negro Backie con su
tema “mi novia me importa un cul@” hubiese podido igualar.
Tratando de exprimir al máximo mis pensamientos matutinos
mientras pedaleaba por la ciudad, observo como la caravana
se apropia de todas las calles de un extremo
a otro sin dejar pasar a los vehículos
que a esa hora transitan. Veo como las reglas del juego cambian
para el bien de todos y las
avenidas, carreteras, andenes y ciclo vías se convierten en un sendero de lujo
que especula que la vida no se vive tan solo en los años vividos sino en una
hora de trayecto bicicletero por toda la ciudad.
En mi recorrido
voy conociendo personas
que ahora considero amigos con el paso del tiempo.
Ellos al igual de yo iban por primera vez a conocer el movimiento de los ciclo
paseos, ahora cada vez que hablo con
ellos sólo esperan con ansías a que llegue de nuevo aquel viernes feliz para
seguir con sus locuras. Aunque yo, siendo un poco realista, me he puesto a
pensar cuánto nos podrá durar tanta felicidad. Últimamente han salido reportes de
que la movilidad en la ciudad en la horas de la noche se ha visto afectada por
los ciclo paseos. Dicho esto no cabe decir que estas noticias que llegan a mis
oídos son una estupidez sin fundamento, ya que éstas no mencionan que el
problema radica en el número de vehículos que diariamente circulan por las
calles capitalinas. Según el último estudio realizado por la Secretaria de
Ambiente (2014), en Bogotá el número de vehículos aumentó en el último año a 1.389.531, lo que ha provocado que el uso
del mismo se incremente en un 91 %, generándose así mayores congestiones en la
ciudad. Paradójicamente el culpable en este caso son los ciclo paseos si no la
falta de planeación del distrito por apaciguar el caos vehicular.
Pero sin importar lo que digan los pend$j@s, seguimos haciendo
lo que gusta hacer; joderles la vida a los demás.
Después de haber pedaleado por más una hora, paramos en el Park
Way. Acercándome a la multitud, observo que la fiesta
apenas acababa de empezar. Como siempre, un pequeño toque de alcohol en las venas calienta
hasta al más frío de los corazones. Entre risas y abrazos, me doy conocer entre
los invitados, de paso, distingo quiénes son los corredores nocturnos que me
acompañaron en el trayecto con el fin de darme una idea de un posible
estereotipo que me ayude a distinguir a un participante constante en este tipo
de eventos. Minutos más tarde no demoré en desechar esta posición de juez malintencionado al notar que unos niños corrían
libremente entre las personas con sus bicicletas a medida. Observando dicha
escena con una ceja hacia arriba me acerco a Armando quién está con sus
compañeros de batalla hablando de
lo último en repuestos para sus bicicletas. Al verme me llama con la cabeza y
me ofrece una cerveza al clima. Yo para no parecer alejado de la conversación
le pregunto sobre la parada que acabamos de realizar. Él, con una sonrisa
irónica me comenta que estas paradas son con la intensión de proporcionar un
ligero descanso a la caravana ya que “el camino es largo y culebrero”. Al fin y
al cabo creo que esto es para que la gente no se tome la carrera tan enserio y
más bien disfrute del paisaje.
Y me pregunto: ¿quién en sus cabales no sería capaz de tomárselo
en serio? Es imposible para un amante
de la bicicleta no tomarse estos eventos enserio, ya que él usa
su bici como si fuesen
sus “partes íntimas”, o como si fuese su novi@
convertida en acero o aluminio. Además la recuerda como en aquellos días
soleados en la mañana en los que era inevitable reír a causa de la poca fortuna
que tienen quienes deben usar el transporte público de la ciudad en las horas
pico. No cabe duda que tomar las cosas en serio para los asistentes en
ConcienBiciate significa darle a la bicicleta el escenario de reconocimiento
capaz de cambiar las tendencias de transporte del siglo XXI.
Una vez más tomamos la marcha y dejamos atrás el Park Way. La
caravana se dirige hacia la carrera séptima con Av. 39, cerca al Parque
Nacional. Allí el paisaje se convierte en una nóvela romántica que reemplaza el
sonido de la aves por el de las cadenas pedaleando. Las luces de la ciudad en
aquel punto tienen algo especial; la muchedumbre grita de placer al sentir que
la liberación del alma se traduce en una emoción terrenal de pedalear y
pedalear hasta el cansancio.
Todo el colectivo disfruta de la noche sobre ruedas. Yo, que
estuve ahí, me contagié del romanticismo
bicicletero que transmite
tu compañero de pedal y de todo aquel que vio en la
Carrera Séptima una pista exclusiva para corredores tipo Nario Quintana o
Ribogerto Urán.
Veo mi reloj, Son
las 10:00 p.m. Armando conduce a casi 300 almas (mal contadas) por el sendero
de asfalto hacia la ruta que el grupo
escogió anteriormente en “La Guarida”. Con arduo trabajo y mucha rola por cuadrar, los organizadores
antes de cada trayecto piensan en cada tramo que se recorrerá por Bogotá
meticulosamente sin olvidar un sólo detalle: paramédicos voluntarios,
mecánicos, galgerías y uno que otro humo son los elementos indispensables que
no deben faltar. Una vez inicia la “rodada” esos pequeños detalles antes
planeados dejan entrever la organización
del colectivo en aspectos tan sencillos como esperar un pinchado que se ha
quedado en el camino, hasta ubicar estratégicamente entre la multitud esa
música “guapachoza” sonando con parlantes inalámbricos instalados en bicis de
remolque y conducidas por verdaderos guerreros; Nunca me imaginé ni por el verraco subiendo
todo ese peso por el puente de
la Boyacá o aquellos ubicados en la calle 100.
Después de que la caravana llegara al centro, me digo en mis
adentros: ¡Oh bello Centro! con sus amigos de lo ajeno por doquier y su olor a
marihuana concentrado en la plaza de los periodistas que nunca se aleja de ahí.
Eres único Centro. Lo digo, entre todos los puntos de la ciudad, es en el que
más me gusta estar. En realidad eres único, casi mágico para mí. Amo estar en el centro,
pero lo amé aún más cuando llegué en bicicleta. Antes no me creía de
dicha hazaña, pero lo lograría; salí del Portal de la 80 con calle 80, pasé por la
Calle 85, y después por la Av 39 hasta llegar a ese lugar paradisiaco en menos
de dos horas. No lo podía creer. En ese momento era una proeza. Luego, seis
meses después, lo consideré un recorrido para “Dummies” el cual hago en menos de una hora.
En fin… la práctica en mí no hará al maestro pero sí al adicto que le gusta cada día más, su dosis de bicicleta pura.
Digo estas palabras dentro de mi y veo después miles de manos arriba, dando un aplauso
al cielo y gritando a pulmón herido el fin del recorrido que culminó siendo uno de los mejores
ciclo paseos jamás armados. “Como siempre ConcienBiciante sacándola del estadio”,
decían algunos asistentes. Y bien, los entiendo, en mi
caso siendo mi primera vez ya sabía de antemano que no sería la última; esto era la locura, y por
naturaleza, los locos siempre querrán seguir jugando su juego con mayor intensidad. Me bajo de la bici para observar
el panorama. Una vez más la familia
de ciclistas hace eco en sus
voces y hablan sobre el recorrido, otros sobre aquella bici de lujo que vieron
en el recorrido y otros, simplemente andan en plan de levantar uno que otro teléfono.
Mientras camino veo venir a Armando. Lo único que se me ocurre
al toparme con él es darle la mano. Después, sin cruzar palabras,
entendimos que aún nos manteníamos vivos después de tremenda pedaleada, luego gracias a una leve distracción,
cada quien siguió con su jerga.
Volvíamos a casa
después de una gran noche.
Días
después vi las fotografías del recorrido en Facebook. En ellas vi miles de
caras conocidas y las increíbles escenas
del paisaje nocturno
que quedaron grabadas
en mi cabeza, era como una noche de tragos que si podías
recordar con lujo de detalle.
En cuando Armando, seguí hablando con él. Cada vez
más nos topamos estrechamos el saludo y con buena vibra, nos deseamos lo mejor
el uno al otro.
Seguí
asistiendo a Ciclopaseos, en especial los que armaban ConcienBiciate, y como
toda historia, este cuento tiene muchas locuras que no se deberían contar, pero
que de contarlas, harían un matizado
social poco convencional. Por ende sonará
fuera de lugar lo que diré, pero después de haber reanudado mi gusto
por la bici siento mi vida no es la misma en muchos aspectos que hoy considero
positivos. La uso igual como cuando la usaba de niño, sin preocupaciones de la vida,
sin nada que perder, más que
un par de kilos en el abdomen y uno que otro par de zapatos gastados por la
fricción del frenado contra el pedimento. Ahora puedo
decir que las aventuras no han acabado aún, y que Armando, ConcienBiciate y sus
organizadores me recuerdan el lujo de estar chiflado por segunda vez.
Contarlo es una cosa, pero vivirlo
es otra, hago reiteración en esta frase porque como aprendiz de periodista, es la oración
constante que uso en mi muro para describir lo bueno de la vida, la cual nos
permite descubrir la otra mirada que ofrece la ciudad para el deleite de
quienes creemos que… la locura es lo que nos permite estar vivos.
BIBLIOGRAFÍA:
1 Tomado del El Tiempo (actualizada) 04 de Febrero
de 2016. (Fecha de Consulta: 24 de febrero de 2016) Disponible en: http://www.eltiempo.com/bogota/incendios-en-bogota-experto-compara-contaminacion-de-
pekin-con-la-de-bogota/16499593

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